Jun 292007
 
En España una reciente ley ha reconocido el derecho de cualquier persona a compartir su vida con otra con independencia de su orientación sexual. Fue recibida con aplausos en el mismo congreso que pocos años atrás hacía el mismo gesto bajo distinto color para celebrar la invasión de Irak.
Y ha sido señalada en distintos países del mundo como un precedente y ejemplo de que las cosas están cambiando y podemos sentirnos orgullosos de ello. Si un país que hasta hace 30 años perseguía, torturaba y enviaba a campos de concentración a personas por su orientación sexual hoy hace esto, motivos tenemos. Aunque en otros países, la ejemplar para Rajoy Polonia por ejemplo, por desgracia, lo dicho anteriormente se siga haciendo.

La dictadura franquista persiguió a los homosexuales, entonces llamados “pervertidos, desviados, violetas y maricones”. La Ley de Vagos y Maleantes de 1954 consideraba delincuentes a los homosexuales, junto con rufianes, proxenetas y borrachos. Por eso, cuando fue sustituida por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, en 1970, algunos pensaron que mejorarían las cosas.
Al contrario, la nueva norma –que, eso sí, exigía “habitualidad” para ser considerado peligroso– hizo que se habilitaran para ellos dos centros de reeducación que ya existían como prisiones, las cárceles de Badajoz y Huelva. El país, entonces, consideraba a los gais como enfermos, en el mejor de los casos. Precisamente, hace sólo siete años que en esta última prisión (una vez cerrada y sustituida por una nueva) aparecieron miles de esos expedientes, abandonados en una sala.

Es el caso del poeta Leopoldo María Panero, que fue encarcelado en la prisión de Zamora tras haberlo ingresado su madre –Felicidad Blanc, con la que participó en la célebre película El desencanto, de Jaime Chávarri– en el Hospital Clínico de Madrid con la intención de curarle tanto su homosexualidad como su drogadicción, pues había sido sorprendido fumándose un porro de hachís. En el sanatorio, su médico era Juan José López Ibor: “Me daba ‘electroshocks’ y luego me ponía una imagen de santa Teresa en la mesilla”, dice Leopoldo María Panero.

Para el autor de Conjuros contra la vida, la psiquiatría de entonces era “como el Tercer Reich, un crimen de lesa humanidad, y no he visto un nazi parecido a este médico en mi vida –dice–, aunque luego era muy humano y muy buena persona. Menos mal que el ‘electro’ y la lobotomía ya están prohibidos”. De nada sirvió la declaración judicial de los escritores Vicente Aleixandre y Carlos Bousoño, manifestando que le conocían, que era literato y que nunca había tenido mala conducta: “Lo hicieron porque Vicente, que luego fue premio Nobel, era amigo mío y de mi madre, yo iba mucho a su casa y leía allí mis poemas.

Pero ni él ni Bousoño me pudieron salvar”, confiesa Leopoldo. La sentencia del juez le fue desfavorable porque la ley era tajante: “Creyeron que yo traficaba con drogas, y sólo consumía. Me cayeron cuatro meses. Lo que pasé allí no se lo deseo ni a mi peor enemigo, aunque al final tengo buen recuerdo porque me tiré a media cárcel”, dice hoy con sorna Leopoldo María.

El psiquiatra Juan José López Ibor hacía algo más que aplicar electrochoques a Leopoldo María Panero. Pionero en la práctica de la psicocirugía en España, llegó a practicar lobotomías a homosexuales, si nos atenemos a la cita que de él hace el jurista Emilio Lamo de Espinosa en su libro Delitos sin víctimas (Alianza, 1998), donde –citando a Alain Sotto– recoge una conferencia de López Ibor en el Congreso de Psiquiatría de San Remo (Italia) de 1973: “Mi último paciente era un desviado. Después de la intervención en el lóbulo inferior del cerebro presenta, es cierto, trastornos en la memoria y la vista, pero se muestra más ligeramente atraído por las mujeres”.
La Asociación Mundial de Psiquiatría, que precisamente él presidió, condenó recientemente estas prácticas. El dibujante Nazario (Nazario Luque) también habla de ello en uno de sus libros, La Barcelona de los años 70 vista por Nazario y sus amigos (Ellago Ediciones, 2004):

“Entonces estaba todo por hacer: el sistema reeducaba a los gays, los clasificaba como maleantes, les practicaba la lobotomía –un invento del doctor López Ibor– y te quedabas tonto o, si no, efectivamente, se te quitaban todas las ganas de follar…, tanto con hombres como con mujeres”. Las “curaciones” debieron ser habituales.

 

 
El doctor Francisco Arasa, director de la entonces prestigiosa revista Folia Humanística, también intentaba “curar”: según una conferencia que dio en la Universidad de Wurzburg (Alemania) en 1968, “al homosexual había que aplicarle aversión mediante métodos químicos” –aunque, eso sí, “el enfermo se debe prestar voluntariamente”–, como inyecciones de apomorfi na y choques aplicados en las erecciones: “He tratado a tres homosexuales mediante la inyección de un extracto pineálico con muy alentadores resultados. Uniendo a este método una adecuada psicoterapia (…), quizá se pudiera hablar de un 10 por ciento de éxitos en los homosexuales”. A decir verdad, el éxito era que el enfermo no terminase en la funeraria.


Afortunadamente, como señalamos al principio, las cosas han cambiado. Y este fin de semana que se celebra el Orgullo Gay en Madrid, es un buen momento para demostrarlo. Incluso “sacando pluma” – que mientras no se haga para ridiculizar ciertas actitudes falsas y esterotipadas que erróneamente se atribuyen a la mujer- no hace daño a nadie, todo lo contrario a los hechos que expuse antes.

Algunos datos de este artículo han sido extraidos de un reportaje de la revista Interviú bajo el título “Las fichas carcelarias de los maricones de Franco” publicado en Febrero de 2007

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